Estética democrática

Espacio de reflexiones políticas donde las críticas constructivas son bien recibidas

Mes: febrero, 2014

Los medios nos mienten

Y lo hacen con las peores de las mentiras, que son las medias verdades. Soy consciente que muchos de vosotros no sabe cómo funciona una redacción. Es fácil: llegan continuamente una gran cantidad de noticias, que se seleccionan según se crea que van a interesar más o menos (no con un criterio informativo, sino con uno meramente económico: demos importancia a lo que vaya a vender más), y después se le da la importancia y la perspectiva que responda, por supuesto, a la línea editorial del periódico. Resumiendo: se prioriza aquello que demuestra lo que el períodico quiere demostrar (que el gobierno X del país Y es muy malo, o el gobierno Z del país W es muy bueno, por ejemplo) y se minimiza (o incluso se omite) lo que el medio considera que desautoriza esta demostración. Así, con medias verdades y grandes omisiones, es cómo se nos venden las noticias. Y nosotros, educados en un sistema escolar que premia la obediencia y la memorización sobre el pensamiento libre o crítico, nos creemos estas noticias con el apabullante argumento de que “lo he leído en el periódico” o “lo he visto en la tele”. El efecto en la televisión o con las imágenes en general es aún mucho más apabullante que en la prensa escrita. La explicación es que en la prensa escrita, aunque poca gente acostumbre a hacerlo, cabe la posibilidad de releer la noticia o el artículo en cuestión y leer entre lineas de lo que nos está intentando convencer. Con las imágenes de la televisión no podemos hacer eso (a no ser que estemos constantemente grabando los informativos para verlos una y otra vez, cosa que, por descontado, nadie hace). Así que viajan directas a tu subconsciente, donde se instalan comodamente.

Todos hemos visto miles de imágenes estos días de lo que acontece en Ucrania o en Venezuela, y mucha gente las ha dado por buenas, sin plantearse la posibilidad de que esas imágenes podrían haber estado tomadas en cualquier sitio y fecha (como en bastantes ocasiones resultó que así había sido). La cosa es que tú no lo has visto con tus propios ojos, no puedes asegurar que eso ha ocurrido de esa manera en el momento y en el lugar que dicen que ha ocurrido, porque tú, en ese momento, te encontrabas a miles de kilómetros de distancia. Simplemente te cuentan que esas imágenes corresponden a un momento y a un lugar determinado, y tú te lo crees, al menos hasta que otro medio desmiente esa información (nótese aquí la ironía del asunto). La otra forma de manipulación de las noticias es aún más terrible si cabe: la ocultación y la minimización. Así, por poner un par de ejemplos, poquísimos medios se han hecho eco de la tragedia de los inmigrantes subsaharianos (a la que ya he dedicado anteriores entradas), y algunos de los que lo han hecho (otorgándole muchas menos páginas o minutos que a lo que acontece en Ucrania o Venezuela, cuando ha sido algo mucho más cercano) han intentado minimizar su impacto: la famosa portada de El País amenazando con la inminente entrada de decenas de miles de subsaharianos en España. Noticia que, a su vez, omite otro dato clave: las decenas de miles de españoles que se han visto a emigrar a otros países europeos desde hace unos pocos años, lo cual deja en rídiculo la “amenaza subsahariana” (sic). Otro ejemplo de omisión flagrante es todo lo relativo a la importancia de los grupos neonazis y de ultraderecha en las revueltas ucranianas. No interesa que se conozca que grupos como el neonazi Svoboda son una de las mayores y más activas facciones dentro de los opositores ucranianos, a los que la mayoría de los medios han dado el papel de “buenos” en el conflicto.

Es evidente que las noticias, todas ellas, nos llegan por parte de uno u otro medio. No estoy diciendo que haya que pensar automáticamente que todo es falso y no creerse nada, sino que se ha de leer todo con un espíritu crítico, fijándose en quién y cómo se nos cuenta la información e intentando contrastar esta información con otros medios, cuantos más mejor, y crearse una opinión propia. En la época de la sobreinformación es más necesario que nunca un espíritu crítico.

(Si os interesa el tema sobre cómo se nos intenta manipular por medio de las imágenes os recomiendo el libro Esto no son las Torres Gemelas de María Acaso, que explica de forma sencilla cómo el sistema aprovecha nuestra falta de conocimiento en cuanto a la decodificación de las imágenes y elementos gráficos para perpetuar ciertos comportamientos.)

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El país de los 30.000

Ayer amanecimos con una sorprendente portada en El País, el en otro tiempo periódico considerado más “progresista” o incluso “de izquierdas”. Rezaba amenazante que 30.000 subsaharianos aguardan para saltar la valla y “colarse” en nuestro país. Aparte de lo demagógico, populista e incluso racista que es llevar una noticia así como tema principal en portada, algo que hasta ayer solo considerábamos propio de medios altamente reaccionarios y conservadores como La Gaceta o La Razón, la portada de marras certificó el giro a la derecha que el otrora medio progresista ha venido dando en sus últimos tiempos, especialmente desde la compra de la mayoría de su accionarado por parte de la multinacional estadounidense Liberty.

Por supuesto que El País nunca ha sido un medio de izquierdas, ya que desde su fundación se ha situado de parte del statu quo setentayochista y juancarlista. Sí es cierto que era un medio más progresista que sus competidores, situandose en una línea ideológica más cercana al PSOE que a los partidos de derechas como UCD, AP o posteriormente PP. Pero insisto en que como mucho se le podía considerar de centro-izquierda (y que la palabra centro se sitúe por delante no me parece ninguna casualidad). Difícilmente puede haber un gran medio de izquierdas, ya que estos medios, al ser privados, se sitúan de parte de la lógica del capitalismo: pertenecen a un señor, o conjunto reducido de señores, que evidentemente son de clase alta (si poseen los medios suficientes como para poseer un gran medio de comunicación necesariamente han de serlo). Y al ser ellos de clase alta, en cualquier conflicto que ponga en jaque su propia riqueza o interés de clase, apoyarán decididos lo que más les conviene a ellos y a su clase social. Lo hemos visto tanto en el cierre de Público, cuyo propietario Jaume Roures se llegó a identificar en alguna ocasión con el trotskismo, como en los EREs que recientemente se han efectuado tanto en El País como en el resto del Grupo PRISA. Así pues, no puede haber un gran medio de comunicación “izquierdista” más que estéticamente, para atraerse a un público objetivo que no consume medios abiertamente de derechas. Una fachada progresista por criterios de ventas y marketing (esto no quiere decir que no haya medios realmente progresistas y de izquierdas, pero dificilmente son grandes medios, ya que  suele tratarse de cooperativas formadas por los propios trabajadores que subsisten gracias a las contribuciones de sus lectores).

“Si no estáis prevenidos ante los medios de comunicación, os harán amar al opresor y odiar al oprimido” Malcolm X

De princesas y parias

Estos días nos han dejado dos noticias significativas, a mi modo de entender, de lo enfermo que está el mundo en general y nuestro país en particular. La primera concierne a lo más alto: a una infanta que ha declarado por un caso de corrupción. La segunda, a gente intentando huir de lo más bajo: 250 personas que intentaron llegar a Europa en busca de oportnidades, y que fueron recibidos con pelotazos de goma. Hubo 14 muertos. En ambas noticias hay, además, un elemento común: un supuesto “servidor público” que hace justo lo contrario de lo que se supone que debería hacer.

Empecemos por la ciudadana Cristina de Borbón, que ostenta el título nobiliaro de infanta gracias a la designación a dedo de su padre, Don Juan Carlos de Borbón, como rey por parte del dictador genocida Francisco Franco. Como ya sabemos todos, la infanta acudió a declarar en relación al caso Noos. Y como muchos suponíamos, no recordaba ni tenía constancia de absolutamente nada de lo acaecido ni de las actividades de su esposo, el exjugador de balonmano Iñaki Urdangarín. Declaraciones muy difíciles de creer, pero comprensibles, ya que es suponible que no le interesaba declarar contra sí misma ni contra su marido. Lo que es absolutamente indignante es el papel de la Fiscalía del Estado, quienes lejos de defender los intereses del pueblo sirviendo como acusación, ejerció en la práctica de defensa de la infanta. Otra muestra más de que los poderes del Estado rara vez se sitúan de parte del conjunto de la ciudadanía, de quien se supone (y recalco el “se supone”) que emana la soberanía, y se sitúan, una vez más, del lado de las clases más pudientes y los poderes fácticos en contra del interés común.

Mucho más grave me parece la segunda noticia, en la que la Guardia Civil, lejos de socorrer a los inmigrantes que llegaban a nado, les disparó pelotas de goma, según testigos. Hubo 14 personas muertas. El resto fue esperado al borde de la playa para ser recogidos y entregados a las autoridades marroquíes, hecho que podría también ser ilegal, como han denunciado varias ONGs, si hubiesen llegado a tocar tierra. Este lamentable incidente se suma a la decisión del ejecutivo de instalar cuchillas en la vaya de Melilla, esas mismas cuchillas que al señor presidente, don Mariano Rajoy, no le consta que “produzcan efectos sobre las personas”.  Y mientras nosotros cortamos y matamos a los inmigrantes que intentan llegar aquí, obligamos a su vez a cada vez más jovenes a irse fuera por las brutales tasas de paro juvenil, casi el 58%. Valiente ironía.

No murieron de hambre… murieron de pobres

Hace unas tres semanas, la muerte de una familia entera en Alcalá de Guadaira (Sevilla) incendiaba las redes sociales. Ante las primeras sospechas de que podría tratarse de una intoxicación alimentaria, muchos fueron los que bramaron contra la creciente injusticia social en este país y el avance del riesgo de exclusión social, la pobreza e incluso el hambre. Aunque hay datos de que este avance se está produciendo realmente, al confirmarse que la muerte de esta familia en concreto no se produjo por comer alimentos en mal estado, sino por una intoxicación debido a un tipo de pesticida, muchos defensores del sistema braman hoy contra los que protestaron en su día, erigiendo orgullosos la bandera del “no fue por hambre”. No, no murieron de hambre… pero sí murieron de pobres, que no es lo mismo pero es igual.

Una noticia aparecida hoy ha confirmado que la familia murió por inhalar fosfina, un plaguicida del que guardaban numerosos tapones ya que el padre se dedicaba a venderlos para reciclar. No es el único dato que indica la precaria situación de la familia, ya que poco después de su muerte, cuando la hipótesis de la intoxicación alimentaria seguía viva, ya aparecieron testimonios que indicaban lo duro que era la supervivencia para esta familia. Así que parece ser que el padre no almacenaba los venenosos tapones por padecer síndrome de Diógenes ni por ninguna excusa peregrina, sino porque realmente su venta era necesaria para la empobrecida economía familiar. Es indudable, al menos para mí, que el padre desconocía completamente la toxicidad de su medio de vida, pero eso no significa en modo alguno que el padre no se viera forzado a almacenar este material por mor de su pobreza. Es indudable que si hubiera sabido lo que le deparaba a él y a su familia se hubiera olvidado de estos tapones y hubiera intentado comerciar con cualquier otra mercancía (legal o no). Pero esto no significa, en modo alguno, que el único detonante de la tragedia sea el desconocimiento de lo nocivo que era el material que estaba almacenando, ya que la pobreza y la precariedad son ‘conditio sine qua non’ en esta historia.

“Donde hay justicia no hay pobreza” Confucio.